ROSITA
Un cuento que no era cuento, un homenaje que sí lo es.
Mi abuela me contaba historias, de cuando era pequeña, de su familia, de sus hermanos… Pero la que más me gustaba era la historia de Rosita.
Rosita era una niña de mi edad, nieta de una señora que conocía ella del mercado de abastos. Curiosamente, a Rosita le pasaban las mismas cosas que a mí: también tenía un hermanito pequeño, pasaba mucho tiempo en casa de sus abuelos... Pero había algo que hacía Rosita y yo no: Rosita comía de todo. Le gustaban justo esas cosas que a mí me daban pereza probar. Y claro, por eso —según mi abuela— estaba más grande, más alta, más fuerte.
,
Me encantaba ir con mi abuela a todas partes; parecíamos la gallina y su pollito. Y me ilusionaba ir con ella al mercado, por si un día, por fin, veíamos a Rosita. Pero nunca la veíamos…
Tardé años en entender que Rosita no existía. O quizás no fui yo quien lo comprendió, sino mi tía —en un ataque de celos o de sinceridad sin filtro— quien me dijo que todo había sido inventado por mi abuela.
Recuerdo que me sentí… no sé, engañada, tonta, timada. Tenía solo cinco años. A esa edad una cree en todo, sobre todo si viene de la abuela, que es lo más grande. Y aún hoy, sigue siéndolo.
Con el tiempo entendí que Rosita sí existía. Existía en el amor con el que mi abuela me hablaba de ella. Era una manera de cuidarme, de enseñarme sin regañarme, de invitarme a ser mejor sin imponerme nada. Una forma de verme a través de los ojos dulces de la infancia.
La inocencia de los niños es lo más grande. Esa mirada limpia convierte el mundo en un lugar más amable, más seguro. Deberíamos dejar que los niños sigan siéndolo, y permitir que su inocencia —aunque sea por un momento— nos haga ver el mundo como ellos lo ven.

Comentarios
Publicar un comentario